lunes, 17 de noviembre de 2014

DEL DDI AL DDS (De la insatisfacción al goce de vivir)

MANIFIESTO DE PSICONOMÍA
Portada de la 4ª edición DEL DDI AL DDS. De la insatisfacción al goce de vivir. Mario Fattorello
Portada de la 4ª Edición

¿Usted se autosabotea los momentos que otros disfrutan? Entonces, usted es un dedeihabiente. 

Del DDI al DDS es, cada día más, el libro que los pacientes regalan a su terapeuta al notificarle que no volverán a la consulta.

Del DDI al DDS es un libro amado por los pacientes y odiado por los psicoterapeutas. 

DDI son las iniciales de: Deseo de Deseos Insatisfechos. Nombre que designa al mecanismo con el cual la mente sabotea los deseos del individuo. 
La función del DDI es impedir toda satisfacción. Para ejercer su función, el DDI puede usar cualquier idea angustiosa de la vida cotidiana. 
El factor común entre  todos los  síntomas DDI es que se manifiestan justo cuando la persona se encuentra frente a una potencial satisfacción.

“Del DDI al DDS” demuestra que la formación de los síntomas neuróticos más comunes no es consecuencia de una enfermedad mental, sino de una estrategia que la mente arma según su conveniencia, y comprueba que, a través de la técnica del DDS, se puede desarticular el mecanismo DDI y desaparecer los síntomas. 

COMENTARIOS DE USUARIOS DE LA TÉCNICA DEL DDS:

«Siempre me habían dicho que debía vivir el presente; pero nadie me decía cómo. Ahora lo sé, vivo en DDS»

«Durante años, varios psicoterapeutas me guiaron a buscar el motivo de mi insatisfacción en el pasado. Ahora que sé que tengo DDI, ahora conozco el DDS, y lo único malo que encuentro en mi pasado es el tiempo que perdí en todas esas terapias»

«Con la técnica del DDS me doy cuenta que las cosas de las que antes me quejaba, ni siquiera me molestan»

«Ahora comprendo que mi madre tiene DDI, mi hermana tiene DDI, mi abuela tiene DDI, ya no me molestan sus actitudes, sé que no es su culpa, que es culpa del DDI, sólo espero que algún día quieran hacer esta terapia para que también puedan disfrutar la vida»

«El DDS es la mejor forma de rendirle honor a la vida: disfrutar plenamente cada cosa del mundo»

«Después de conocer el DDI, ya no tiene sentido usar la palabra estrés»

PRÓLOGO

 “El alma no comprende la felicidad 
ni la desgracia 
sin deletrearlas antes”.

MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS.
El Señor Presidente. 


El psicoterapeuta, a diferencia del chamán, no aconseja fórmulas mágicas, sólo analiza los hechos para tratar de resolver enigmas mentales. 
Las diferencias entre un libro de autoayuda convencional y un escrito científico, son comparables a las existentes entre la magia y la ciencia: aunque ambas puedan generar un cambio, sólo la ciencia está sustentada en una teoría y en su consecuente comprobación experimental; sólo la ciencia explica por qué se genera ése cambio. 
Este libro ofrece los resultados de una investigación científica y su valor reside en haber encontrado una raíz común a los síntomas más frecuentes de los pacientes que asisten a psicoterapia, lo cual permite que una misma técnica sirva para curar un conjunto de malestares que, hasta ahora, habían sido tratados en forma independiente. 
Si bien esta investigación se desarrolla teniendo como referencia obligada los hallazgos de los precursores del psicoanálisis, las derivaciones resultantes de este trabajo contrastan con algunos principios básicos psicoanalíticos. 
Es propiedad de la ciencia que al dar un nuevo paso se desdibuje el paso anterior.
La observación clínica del DDI me llevó a revisar y cambiar varias de mis más firmes convicciones. Como psicoterapeuta de orientación psicoanalítica defendía la idea de que cada individuo es un cosmos y cada alteración de la personalidad tiene su origen específico y particular. Esto hacía inadmisible la posibilidad de una “receta” que sirviera por igual a distintas personas y síntomas, de hecho, a pesar de que hoy comprendo que muchos síntomas neuróticos son manifestaciones diferentes de un mismo mecanismo, no deja de maravillarme que distintos malestares, sin conexión aparente, sean originados por una misma causa. 
Pienso que para los lectores de este libro, en el cual planteo cómo se forman los síntomas, su origen y la técnica para curarlos, dejará de tener sentido seguir hablando de obsesiones, fobias, manías, quejas histéricas, ideas hipocondríacas, irascibilidad neurótica, vicisitudes de carácter, Distimia, etc., para referirse única y exclusivamente al DDI.
Al plantearme el estilo en que redactaría el libro tuve que deshacerme de vicios heredados de mi formación. Desde la muerte de Freud, la oscuridad en el discurso se ha transformado en un refugio para la retórica psicoanalítica. Hoy en día estoy convencido de que un discurso oscuro sólo puede contener obscuros y dudosos conocimientos; por ello, traté de seguir en este libro las lúcidas recomendaciones de Carl Sagan: “¿Por qué tiene que ser tan difícil para los científicos transmitir la ciencia? Algunos científicos –incluyendo algunos muy buenos– me dicen que les encantaría hacer divulgación, pero carecen de talento para ello. Dicen que saber y explicar no es lo mismo. ¿Cuál es el secreto? Yo creo que sólo hay uno: no hablar al público en general como uno lo haría con sus colegas científicos. Hay términos que transmiten su significado al instante y con precisión a compañeros expertos. Uno puede encontrarse esas frases todos los días en el trabajo profesional, pero sólo sirven para confundir a una audiencia de no especialistas. Utilice el lenguaje más sencillo posible. Por encima de todo, recuerde lo que pensaba antes de entender usted mismo lo que está explicando”.
 Este libro puede ser leído y utilizado por el público en general. Las verdades son simples. La manía de complicar las cosas se ha vuelto el principal estorbo en la observación de la realidad. 
En las siguientes páginas se develará, en un lenguaje sencillo, el origen común de los síntomas que generan la insatisfacción cotidiana y la técnica que los cura en un tiempo muy corto en comparación con las terapias clásicas. 
Espero que a los lectores les suceda lo mismo que a mí, que aún para el momento de escribir estas líneas no dejan de asombrarme los resultados obtenidos.
Contraportada de la 4ª edición DEL DDI AL DDS. De la insatisfacción al goce de vivir. Mario Fattorello
Contraportada de la 4ª Edición
DEL DDI AL DDS
De la insatisfacción al goce de vivir (Manifiesto de Psiconomía)
© Mario Fattorello 2004-2014
ISBN 980-390-128-1

LAS MUJERES DE SAN MATEO

CRÓNICAS DEL CARIBE III
Portada de Las mujeres de San Mateo. Crónicas del Caribe 3. Mario Fattorello
Portada
LA MUJER CARIBEÑA EN OCHO CUENTOS

BOLERO
(La música es mujer pública)

«Magdalena tenía una madre que no podía tener hijos. Nunca llegó a preguntar sobre su origen porque se marchó antes de conocer que existían los sinsentidos.
Si la historia hubiese sido otra, si hubiese preguntado, habría recibido como respuesta, que era adoptada, que su verdadera madre había sido una mujer de la vida, como las que llegaban al burdel de al lado, y que la dejó al cuido para liberarse del peso de ser mujer, y aliviar a otra del peso de no serlo.
Magdalena creció en San Mateo de Agua. El palafito de sus padres lindaba con el botiquín “Las Nuevas Delicias”, que para ella era la gran casa de la madama Mireya, donde se reunían mujeres y hombres a escuchar música de despecho: boleros.
Sin hermanas, sin vecinas de su edad, Magdalena se acostumbró a jugar el juego de las personas solas, se acostumbró a soñar. Soñaba al ritmo de las canciones de desamor que retumbaban en el galpón del burdel, y gracias a la constante música de nostalgia, Magdalena creció entendiendo que el verdadero amor siempre estaba ausente, que amar era lamentarse,  que querer era añorar, que el amor era algo irremediablemente perdido y, por sobre todo, que el amor era lo único por lo que valía la pena morir.»

PALO E' MUJER
(La revancha es hembra)

«–¡Maldita!
Un puño con intención de mandarria le golpeó el hombro. María Antonia rebotó contra la pared. Él se le fue encima y la retrucó con otro golpe.
–¡Remaldita!
María Antonia se dejó caer arremolinándose en la esquina, sabía que si se resistía el daño sería mayor. Le dolía la dignidad, el alma se le apretujaba en un ovillo de vergüenza, pero los golpes, ésos le dolerían después, con el dolor violáceo de la sangre al cuajar.
Pacheco tenía la mirada nublada de fantasmas. El machista, cuando está borracho, jura que sabe todo sobre las mujeres. Sin embargo, el que por la mañana logra recordar, sabe que el aguardiente es para el machista como los anteojos de sol para el miope: sigue viendo mal, pero más oscuro.
Pacheco se fue al patio y se dejó caer en la hamaca. Segundos más tarde roncaba. Pacheco nunca dormía borracho en el catre porque, según le escuchó decir una vez María Antonia: «el catre con borrachera da cuenta de que el mundo da vueltas».
María Antonia respiró alivio. El marido se había conformado con los golpes, se había salvado de la segunda parte: la violación. Levantándose despacio se revisó el cuerpo inventariando los huesos. Lo mejor sería acostarse de una vez. Al entrar al cuarto evitó la imagen del espejo de la peinadora y se acostó en el catre. Por la mañana sería lunes, no tendría que preocuparse hasta el próximo viernes y para eso faltaba bastante...»


LA PIEL DEL SECRETO
(La intimidad es dama)

«Ramiro amaba a Rosario, y no fueron trampas de seductor los versos que le recitó en la oreja, los versos que abrieron la flor y derramaron el néctar. La prueba está en que las palabras cumplieron sus promesas cuando Rosario se supo encinta y Ramiro se casó con ella. Es sabido que los poemas de amor y los sermones de boda están esencialmente compuestos de las mismas palabras: siempre, nunca y hasta la muerte. Y es por ello que los mismos versos hicieron llorar a Rosario y erizar a Ramiro cuando ambos creyeron oírlos implícitos en las palabras del cura mientras los casaba. 
Sólo dos veces se habían conocido de cuerpo entero. Pasó después de dos años de amores, fue en la playa, en una pequeña bahía escondida entre los mangles, y fue de noche, porque es naturaleza del secreto tejerse a oscuras, todo amor en sus inicios tiene algo de criminal y el delito busca la oscuridad para evitar ser pillado por la culpa. Dos veces bastaron para merecer el milagro, porque a los embarazos la gente los llama milagros; pero Rosario, al comprobar su preñez pensó que Dios andaba despistado en la repartición de prodigios, habiendo tanta otra necesidad...»


BOCA E' CABRA
(La mente es mujer)

«Majumbo está solo, silencioso, abandonado, si se tratara de una persona sería apropiado decir que estaba melancólico, pero Majumbo no es una persona, es apenas un lugar, un caserío sin pueblo, un cementerio de objetos, y las cosas no saben de melancolía por ser ésta una disposición del alma que los objetos inanimados no poseen, y si algo falta en Majumbo son seres con alma, cristianos, indiscutibles poseedores de la exclusividad del espíritu, única condición para ser hijos de Dios, pero también para ser malditos. 
Majumbo está más calcinado que cualquier otra cosa bajo el sol caribe, porque hasta las sombras se marcharon. Majumbo está desolado, con leños abatidos donde hubo árboles, con dunas desérticas donde hubo jardines y jugaban los niños, con nidos de alacranes donde antes dormía gente. Majumbo está muerto, sólo sigue en pié su esqueleto; Majumbo no es una persona y aún así Majumbo está maldito. 
Una vez había sido un pueblo progresista con iglesia y todo; hasta un dispensario médico tenía, que con cuatro camas funcionaba como hospital para los caseríos cercanos, pero por más que enumeremos su entusiasmo de antaño, Majumbo hoy está muerto y no hay cuento que lo resucite. Majumbo está seco, un cementerio de casas abandonadas y, cosa curiosa aunque nada extraña, todo sigue intacto, nada ha sido desvalijado, las casas con sus puertas y ventanas, las macetas en los porches, los platos, cubiertos y ollas en los anaqueles de las cocinas, las hamacas en las alcayatas, y es que eso es justamente lo que marca la diferencia entre un pueblo abandonado y uno maldito, los desvalijadores son supersticiosos y miedosos, y es que los ladrones creen en hechizos, de otra manera no se la pasarían soñando con volverse ricos de la noche a la mañana como por arte de magia, quitándole al que tiene lo que a ellos le falta. Es sabido que por eso todo malo es cobarde. Las maldiciones alejan los bandidos como el agua al perro rabioso. 
La brisa lacustre ulula entre las deshilachadas cortinas de las ventanas medio abiertas, pareciera convidar a los ausentes; el viento de arena abre y cierra, y vuelve a abrir y vuelve a cerrar las puertas sin cerrojo, como indeciso si entrar o salir de las casas que ya no tratarán de ocultar nada más, nunca más, y el viento insiste en meter arena dentro de la habitaciones abandonadas de prisa, entre muebles opacados por el polvo, en los que se deja ver todavía los desórdenes cotidianos del momento en que fueron abandonadas, cuando sus dueños escaparon del Apocalipsis, del anuncio del fin de mundo que, en estas latitudes, es llamado: maldición.   
Una maldición sin historia propia, una maldición traída de otra parte, que no vino por su propia voluntad y no tiene culpa, como tampoco la tienen quienes la trajeron sin saber lo que hacían; una maldición que pertenecía a otra historia. Una maldición equivocada, pero maldita al fin. 
Su historia nadie la recuerda, o tal vez si, pero ¿quién se atrevería a reconocerlo?, es de común conocimiento, entre los supersticiosos, que las maldiciones pueden hacer efecto con sólo recordarlas.
No espero ningún reconocimiento por la osadía de contar esta historia...»


LA CONTRA
(La magia es señora)

«El lago amaneció cubierto de bruma.
–Ya llegó el calor de Semana Santa –pensó Tamara mientras colaba el café.
Desde la cocina, por la puerta abierta ojeaba la piragua de su marido que se alejaba cortando mansamente el agua, metiéndose en la neblina.
–San Benito de Palermo, protégelo –murmuró Tamara mientras la pequeña embarcación se perdía de vista.
Era víspera del Domingo de Ramos. El pueblo se preparaba para celebrar la semana mayor, las mujeres recolectaban palmas que tejían en cruces para la misa de bendición. A todo lo largo de las veredas principales, vendedores ocasionales armaban quioscos y tarantines, puestos de bebida y comida para atender al gentío que llegaba a San Mateo de Agua durante la Semana Mayor, gentes de los poblados del rededor que acudían a los oficios religiosos, vacacionistas que aprovechaban el asueto para visitar un pintoresco pueblo palafítico, borrachos sedientos de parranda y devotos de San Benito de Palermo que venían a pedir algún favor o a pagar promesas al santo patrono del pueblo. En San Mateo de Agua la Semana Santa no era exclusividad de Cristo; por santo y por patrono, San Benito tenía derecho a colarse, con sus devotos chimbangleros y bebedores de ron, a toda celebración litúrgica.
De pronto Tamara sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Dejó el café y olfateando caminó hacia la sala, se detuvo frente al altarcito que le tenía a San Benito e inhaló profundamente.
–¡Conque era eso! –dijo en voz alta.
Había oído hablar muchas veces de ese olor triste y resinoso como de papeles viejos, que se metía por todas partes cambiando las propiedades de las cosas, el gusto de las comidas y el aliento de las personas hasta alterarle las ganas de vivir.
Tamara recorrió los rincones, olfateó el entablado de las paredes, debajo de la cama, el escaparate, cada tarro de la alacena,  hasta que tuvo la certeza de que la desgracia se había metido en su casa: todo estaba impregnado con el olor de la mala suerte.
Decían que cuando la mala suerte entraba en una casa...»

LÍQUENES
(La culpa es femenina)

«Cuando la tristeza la invadió, Liduína miraba por la ventana el sol del atardecer que apuñalaba el lago ensangrentándolo. Era una tristeza de despedida, tuvo la absurda ocurrencia de que el sol, cansado del día a día, se ocultaba para siempre.
Sacudió la cabeza para deshacerse de las ideas tristes como si escurriera el agua del pelo mojado, cerró las cortinas y se dispuso a servir la mesa en la que ya estaba sentada su familia. El panorama doméstico se repetía: los morochos Luís Miguel y Juan Andrés, tamborileaban con los cubiertos en los platos. Su hija Maite, seguía el ritmo del golpeteo con la mirada perdida en pensamientos secretos y Emilio, su marido, la observaba ir y venir de la cocina al comedor con platos y vasos, fuentes y ensaladeras, cubiertos y jarras. 
Cuando la mesa estuvo lista, Liduína se sentó y Emilio inició el ritual de intercambio de porciones, ¿Quién quiere arepa? Yo quiero. Ajá, pero tú pásame la ensalada hija. Una arepita papá. Epa, deja carne mechada para los demás. El queso rayado por favor Luís Miguel ¿Por qué tengo que pasártelo si lo tienes cerquita? Bueno, pero la salsa de tomate está más lejos ¿me la alcanzas? Yo quiero mayonesa, ¿me la pasas papá? ¿No hay picante? ¡Apúrate con el arroz Juan Andrés! ¡Coman caraotas hijos! Yo sólo quiero ensalada… 
Entonces, Liduína empezó a llorar.
La comilona se detuvo. Boquiabierta, la familia quedó cautivada por los sollozos de Liduína. Hasta ése día había sido una madre inalterable y una esposa serena. Nunca la habían visto achicarse ante una adversidad. Por eso el asombro: jamás imaginaron que pudiera llorar y mucho menos sin motivo aparente.
–¿Qué pasó? –preguntó Emilio a nadie y a todos con el tono acentuado para remarcar su descontento por lo que fuera que estuviera pasando a sus espaldas.
Liduína, tapándose la cara con las manos, se desató en un llanto tormentoso. Luis Miguel y Juan Andrés se interpelaron con las miradas suponiendo que, como de costumbre, serían culpados por la novedad.
–A ver, ¿qué le hicieron a su mamá? –preguntó Emilio a los morochos.
–¡Nosotros, nada! –respondió Juan Andrés, por los dos.
Maite se levantó de la mesa y se fue corriendo a su cuarto. Los morochos miraban a su padre esperando que dijera algo.
–¡Váyanse a la cama! –les ordenó el papá.
Luis Miguel y Juan Andrés salieron en estampida.
Liduína se levantó a recoger la mesa. Emilio le acercó su plato y en silencio la observó reponer la comida intacta en las bandejas, llevar la loza y los cubiertos en varios viajes a la cocina, recoger el mantel empapado, colgarlo en el tendedero y volver luego con el mantel de ornar y el centro de mesa.
–¿Qué te pasa, mujer?
–Nada, debo estar cansada –le respondió Liduína sin mirarlo. Una llovizna le caía sobre el vestido.
Emilio se fue a la cama. ¡Qué vaina! –murmuró antes de quedarse dormido.
Liduína fregó los platos en un santiamén. Es sabido por todos que el llanto tiene la cualidad de limpiar el alma, y el lagrimeo que cayó sobre el fregadero dejó la loza prodigiosamente reluciente, desmanchándola hasta de las máculas del tiempo.
Por la mañana Emilio se despertó de una pesadilla invernal. El colchón estaba húmedo y al sentarse en la cama se encontró con el piso encharcado. Su mujer seguía llorando dormida. Movido por un súbito impulso se levantó tratando de no despertar a Liduína y se fue a la cocina a preparar el desayuno. No recordaba haberlo hecho en diecisiete años de casado. Recalentó los restos de la cena, descolgó el mantel y acomodó la mesa. Luego despertó a sus hijos y desde la puerta del cuarto, para no volverse a mojar los pies, llamó a su mujer a desayunar.
Desde la mesa vieron aparecer a Liduína con la dormilona empapada. Parecía un fantasma de ahogado saliendo de una ciénaga. De sus ojos azules brotaban dos manantiales de lágrimas que caían en cascada al camisón y terminaban escurriéndose al piso, dejando tras sus pasos un reguero de lluvia...»

MORDEDURA DE LOCA
(La locura es niña)

«Entre los juncos no me van a ver, que llueva, que llueva, la loca está en la cueva, los pajaritos cantan, la loca se levanta, ahí viene…
Isamar de los Ángeles y las morochas Piñango jugaban a patear una pelota de goma. A Isita se le escapó y la pelota se fue hacia el pajonal. La niña fue tras ella y al agacharse a recogerla, algo le brincó encima.
–¡La loca! ¡La loca! ¡La loca agarró a Isita! –gritaron las Piñango pidiendo auxilio.
Isamar de los Ángeles estaba atrapada, de espaldas al piso y con la loca encima. 
–Quédate quieta mijita, qué amigas más chillonas tienes, a ver, déjame probarte, sólo un mordisquito –decía la loca mientras forcejeaba con Isamar.
Ramón Piñango salió de la casa con una pala en la mano, otros vecinos alarmados ya corrían hacia los gritos. La loca miró fijamente a las morochas que estaban petrificadas ante la escena. 
–Mírenme así, a los ojos, estúpidas mocosas, ahí viene su papito a defenderlas. 
Justo antes de que Ramón Piñango la tuviera al alcance de un palazo, la loca brincó y escapó por el pantanal.
Recogieron a Isamar y la llevaron a casa. Sangraba por el hombro, la loca la había mordido. Su cuerpo estaba desmayado, pero tenía los ojos abiertos y la mirada fija. Al acostarla en la cama se puso a temblar, y al instante, empezaron los sacudones. Primero se ponía rígida, luego se sentaba de golpe en la cama y como un resorte se tiraba hacia atrás rebotando contra el colchón. Sus padres, junto a dos vecinos, no podían con ella. El médico del dispensario nunca había visto algo parecido, pero antes que le vinieran con cuentos de locas endemoniadas, puso semblante de convicción y emitió un diagnóstico tajante: Isita estaba convulsionando. Con el bromuro se calmaron las agitaciones, pero la fiebre siguió. 
Mientras tanto, las hermanas Piñango también sufrían las consecuencias del ataque de la loca. Después del grito de auxilio no habían vuelto a pronunciar palabra, se pasaban el día sentadas, mirando a un lugar fijo y agarradas de la mano, no se soltaban ni para dormir, comían porque la madre le llevaba la comida a la boca y tuvieron que ponerle pañales porque ni las necesidades del cuerpo las sacaba de aquella insensibilidad mineral.
El vía crucis para los padres de Isamar no iba a ser menor, al ver que los medicamentos no le bajaban la fiebre, la hospitalizaron por varios días en el sanatorio de Dejao hasta que a fuerza de inyecciones, la calentura cedió. Desde el ataque de la loca, Isamar no hablaba, pasaba la mayor parte del tiempo ensimismada, salvo en los episodios en que, de pronto, se ponía a chillar como un animalito herido, con la mirada espantada, señalando un lugar fijo en las paredes o en el techo. 
Cuando llevaron a Isamar a casa de Benedicta del Carmen, la santera más renombrada de Dejao, no tuvieron ni que explicar el motivo de la consulta. 
–A buena mordida de loca llevó esta niña –dijo la santera apenas la vio...»

EL ÚLTIMO DESEO
(La ley es matrona)

«Doña Carmela agonizaba. Hacía tres días que el médico la había desahuciado y el cura le había ungido los óleos. Acostada en el catre se había despedido de toda la familia y los vecinos de San Mateo de Agua y de Tierra. Lúcida y perspicaz como había sido toda la vida, tenía el comentario apropiado para cada uno, tanto al buen amigo como al judas apuñalador de espaldas, a todos le tenía reservado lo suyo, y nadie se pudo negar a concurrir porque había hecho pública su voluntad de moribunda de tener presente a quien solicitara, y no es que estuviera dicho y mucho menos escrito que contrariar a alguien en cama de muerte trajera desgracia, pero nadie se atrevió a desatender la cita porque es previsión elemental evitar tener compromisos pendientes con el más allá. A medida que llegaban los solicitados, ingresaban a una fila alrededor de la cama. Doña Carmela no quiso hablar con nadie a solas, lo que tenía que decir a cada quien no era secreto. Es mejor que haya testigos, no vaya a suceder que después de muerta y sin poder defenderme, digan que estaba desvariando o que dije lo que no dije. 
Por la ventana del cuarto se asomaba el sol viejo de las seis cuando coincidieron en la fila su hija Casilda y su yerno Temístocles. Doña Carmela les pidió que se acercaran para platicarles. Se curvaron sobre la moribunda para escucharla sin que se esforzara y doña Carmela habló.
–Mi último deseo es que ustedes dos vuelvan a juntarse y se dejen de pendejadas. Mírenme, me estoy muriendo, esto es lo más importante. La única razón por la que merece la pena fregarse en la vida es para morir en paz. Y este es mi último deseo, lo único que necesito para descansar tranquila, no me vayan a echar una vaina, yo sé que no embromarían a una vieja desahuciada, se que puedo irme sin preocupación...
Y con la palabra preocupación exhaló su postrimer aliento. Doña Carmela se había ido. Casilda se le tiró encima llorando. Temístocles, con la cabeza gacha, salió de la habitación.
La velaron en la sala de la casa como había sido su voluntad. Dígame ahora esta novedad de andar veloriando muertos en funerarias, como si los muertos no tuvieran casa, yo me muero y me encajono en mi palafito, y de aquí pa' la iglesia y el cementerio, no vaya a ser que estas paredes, tan acostumbradas a mí, no se den cuenta de que estoy muerta y por creerme viva retrasen mi salida de este mundo. 
Fue un velorio sin flores, porque a doña Carmela le daban alergia, fue un velorio sin tropiezos ni improvisaciones, porque todo estaba listo con dos días de adelanto. Cuarenta y ocho horas antes de que expirara su último aliento con la palabra preocupación, las sillas alquiladas estaban acomodadas contra la balaustrada del zaguán y a lo largo de las paredes de la sala, y en la cocina no se paraba de colar café con canela, amasar mandocas de plátano y queso, freír chicharrón y tostar arepas. 
Por la noche llegó tanta gente que, mientras daban el pésame y se acomodaban, se formó una fila hasta el puente de entrada al pueblo. Temístocles se paseaba incómodo recibiendo el pésame por su suegra e intercambiando algunas frases sin sentido aquí o allá, de esas que se responden a los pésames ¿Qué sentido puede tener lo que se diga sobre lo que no tiene remedio? Estaba intranquilo, como avispas negras los pensamientos le revoloteaban en la cabeza, si se descuidaba lo picaban.  Cuando pudo acercarse a Casilda soltó el motivo de su angustia. 
–¿Tú piensas cumplir su deseo? 
Y ella, tratando de disimular.
 –¡Respeta! ¡Es el velorio de mi madre! 
Al otro día, con el despabilado sol de las diez y media cargaron el ataúd de doña Carmela hasta la iglesia. No hubo quien no se quejara de la misa del padre Santa María. El cura ofició la ceremonia con cara amarrada por los retorcijones de estómago que le habían dejado los incontables cafés tomados en las continuas visitas a la necia moribunda que no terminaba de morirse. El oficio en sí no duraría ni media hora, pero se alargó por una repentina salida del cura a media ceremonia para ir a la letrina de la sacristía. Ciertos ruidos poco decorosos que venían del excusado intimaron al coro, que en actitud solidaria con el cura y su intestino, entonó el Ave María. A las once y media salió la procesión hacia el cementerio. Temístocles formaba parte del cortejo que cargó al hombro la urna y no quiso alternar su lugar con nadie a lo largo del recorrido hasta el cementerio. No dejaba de estar nervioso, una idea lo ofuscaba: la muerta estaba muy pesada, no tenía la levedad que les entra a los difuntos cuando se les sale el alma del cuerpo, se imaginaba que dentro del cajón la vieja había volteado la cara y lo miraba con malos ojos. Temístocles se afanó en mantener el paso, atento a cargar el féretro derechito para evitar pensar en fantasmas y remordimientos...»
Contraportada de Las mujeres de San Mateo. Crónicas del Caribe 3. Mario Fattorello.
Contraportada
LAS MUJERES DE SAN MATEO
Crónicas del Caribe III
Primera edición Caracas, septiembre de 2009
© Mario Fattorello, 2009-2014
Depósito legal lf74520098002489
ISBN 978-980-390-228-5

EL CARIBE SEGÚN SAN MATEO

CRÓNICAS DEL CARIBE II

Portada de El caribe según San Mateo. Crónicas del Caribe 2. Mario Fattorello
Portada
LA MAGIA DEL CARIBE EN SIETE CUENTOS

EL HUEVO CÚBICO
(La magia natural)

«Marcelino, complacido, contó los huevos bajo las plumas de la mansa colorada, que ése mismo día había empezado a empollar. Doce huevos. Pero el último era más pequeño y raro, levantó la gallina con cuidado para sacar el huevo defectuoso y entonces se dio cuenta del fenómeno. Era huevo cuadrado...» 
«Esa tarde, un gentío proveniente de San Mateo de Agua y de Tierra desfiló por la casa de Marcelino para ver aquel desliz de la naturaleza. El preparador tuvo que abandonar sus quehaceres para mostrar a los curiosos el ya famoso paralelepípedo. Los amigos, los conocidos y los que decían conocerle aunque él no recordara haberlos vistos jamás, vecinos intrépidos, curiosos de paso, fisgones de profesión y galleros envidiosos, repentinamente transformaron su patio en un hormiguero...»
«Una comitiva de ejecutivos japoneses quiso ofrecerle un arreglo millonario a Marcelino si les vendía la gallina colorada. La intención de la empresa japonesa era reproducir genéticamente millones de gallinas que pusieran huevos cuadrados que resolverían el problema del transporte y empacamiento de los frágiles óvulos. Los huevos cúbicos revolucionarían la industria avícola mundial. Era, sin lugar a dudas, el mejor negocio del siglo.»
«Los periódicos no dejaban de hablar del huevo hexaedrolátero. El presidente de los Estados Unidos de Norteamérica salía en primera página declarando que el asunto del huevocubo estaba bajo control. Que no era justificado el pánico. Que los suicidios en masa sucedidos en varias localidades de la nación eran actos aislados y psicópatas de sectas enfermas con intenciones desestabilizadoras. Que América sí existía, que Colón sí había descubierto el continente y que él y la nación entera creían en Dios. La radio informó que en Europa estaba creciendo el pánico. Si la Tierra no fuera redonda, y si América no había sido descubierta, la hambruna del siglo xvi y xvii no se habría aliviado con la siembra de la papa importada del nuevo continente, y esto, además de las crisis existenciales de los habitantes del viejo continente por presentirse inexistentes, puesto que todos sus antepasados habrían muerto de hambre antes de procrearlos, se mezcló con el repudio a comer papas y cualquier otro producto originario de América, alegando que no podían sentir apetito ante algo de dudosa existencia. En toda Europa, y muy especialmente en España, una ola de anorexia colectiva estaba enfermando a miles de personas. La cifra de muertos no había sido oficializada, pero amenazaba con ser espantosamente grande en los próximos días.»

NUBE QUIETA
(La magia del deseo)

«Al tocarle la mano Mariela, Aparicio sintió que se le desorientaban las prioridades. Supo entonces que su futuro estaba en manos de la naturaleza.
De niño, se asomaba por la cerca del country de los gringos a observar las casas de cemento y ladrillo pintadas de verde y blanco, al tiempo que armaba del mismo material y color su futuro: algún día se mudaría del palafito de tablas y cinc a una casa de platabanda…»
«Es sabido que los sentimientos de inferioridad, como casi todas las urgencias humanas, nacen de la comparación. Aparicio sentía que una casa como la de los gringos lo sanaría de toda carencia. 
«Progreso» era la palabra de moda. Progreso era el nombre del recién inaugurado Club de la compañía petrolera, también una bodega de San Mateo de Tierra se llamaba así y una calle que llevaba nombre de santo fue rebautizada con el próspero epíteto. El progreso estaba en boca de todos, desde el pescador a remos que soñaba con un motor fuera de borda, hasta cada discurso presidencial o de campaña, tanto en el oficialismo de turno como en la oposición, el progreso era la obsesión. Y en Aparicio justificaba el rechazo que sentía por las tablas, las láminas de cinc, las paredes de cartón piedra, el palafito donde vivía con su madre y el íntimo desprecio que sentía por todo el pueblo de San Mateo de Agua.»

LAS HORAS PERDIDAS
(La magia del tiempo)

«Al cruzar el umbral de la casa encontró a su mujer esperándolo. Eusebio le conocía las mañas y se adelantó: 
–¿Y ahora qué pasó? 
A Oneida no le sorprendió la anticipación del marido, más bien la esperaba, las mujeres celosas piensan que el hombre siempre está a la defensiva, ocultando algo. 
–¿Dónde andabas metido ayer a las seis? 
–¿De nuevo con eso mujer? ¿Con qué chisme te vinieron ahora tus comadres cizañeras? 
–No es chisme, ¿dónde estuviste ayer de seis a siete?
 Hacía tiempo que a Eusebio ya no le sorprendían las ocurrencias de su esposa, así que, para aquietarla, aparentó resignada calma y empezó a detallarle lo que había hecho la tarde anterior.
–Desembarqué a las cinco, me vine caminando con el Mocho, lo dejé en la bodega de Atencio y seguí tranquilito por la vereda principal hasta llegar acá. No debo haber tardado más de veinte minutos desde el muelle a la casa, por lo tanto, antes de las seis ya estaría bañándome. 
Oneida, tratando de sacar de mentira verdad, le aseguró que había llegado a las siete y media. A Eusebio se le acabaron las ganas de aparentar. 
–¡Qué carajo mujer! ¡A la hora que fuera es lo mismo! 
Ya estaba por dar la espalda a la disputa pero le dio piquiña la terquedad de su esposa y volvió a subrayar que no podía ser más de las cinco y media cuando llegó. 
–A las seis ya tendría buen rato en casa. 
Oneida no se dio por vencida. Algo le decía  que él no había llegado a las seis, aunque reconoció que se había pasado el día tratando de recordar esa hora sin poder ubicarla. Al marido no le quedaba mucha paciencia. 
–¿Y eso qué importa? 
–¡Claro! ¿Qué importancia va a tener que a mí se me pierda algo? Y más si lo encuentras tú. Váyase a saber que hiciste con ese tiempo, quién sabe en que marramuncias andarías metido, no me extrañaría que una de esas con quien te revuelcas me haya echado algo pa` fregarme la memoria.
Viendo que la cosa se estaba poniendo color de hormiga, Eusebio intentó recobrar la calma para tratar de tranquilizar a su mujer. 
–Un olvido lo tiene cualquiera mujer, de seguro que a esa hora yo ya estaba en casa.
Pero Oneida le retrucó con tono de última palabra: 
–¿Cuándo se ha visto que sea oscuro a las seis de la tarde?
 Eusebio se quedó pensativo, mirando hacia arriba, repasando los recuerdos, y luego reconoció, extrañado, que era verdad, que al llegar a la casa estaba oscuro, que se acordaba de haber enroscado el bombillo en el zócalo de la entrada cuando llegó. 
–¿Viste? No estoy loca, tú andas en algo raro, si no fuera por los niños…  
Eusebio se dio por vencido y se devolvió por donde había llegado. Al entrar a la bodega La Copa de Oro todavía le retumbaba en la cabeza el eco del rezongo de su mujer. El ambiente estaba animado. Habían como veinte personas jugando dominó, bebiendo cerveza, contando lo del día. Se paró en el mostrador al lado del Negro Kano, el Tuerto Reyes y Eudo Montilla.
Tragó largo de la cerveza que le sirvió Luis del Carmen Atencio, se recostó al mostrador y como hablándose a sí mismo pero mirando al único ojo del Tuerto Reyes relató la reciente discusión con su mujer. 
–Debe estar enrollada como cascabel y nada más porque no se acuerda una hora ¿De dónde sacan las mujeres tanto brollo? ¿Quién le saca ahora de la cabeza lo de la brujería? 
–Así son todas compañero, desde que nacen es quejándose y si no encuentran de qué, lo inventan. – Sentenció el Tuerto Reyes.
Eusebio comentó que lo más raro era que él tampoco se acordaba de lo que había hecho de seis a siete la tarde anterior. 
–¡Ay compañero! Como que le salpicó la brujería. –Se burló El Tuerto Reyes. 
Eudo Montilla, que escuchaba callado, interrumpió de pronto diciendo que él tampoco se acordaba lo que había hecho a las seis de la víspera.
¡Ahora sí que nos compusimos! –Dijo el Tuerto Reyes riéndose, ahora falta que la comadre también le reclame una hora y me acuse de sonsacarlo pá beber. Que conste que  ayer a las seis...
El Tuerto Reyes se quedó un instante pensativo. 
–¡Ahora sí me fregué yo! ¿Qué hice ayer a las seis? Esto como que se pega. –Se quejó el Tuerto Reyes.
Eusebio, levantando la botella de cerveza le indicó a Luis del Carmen Atencio que le sirviera otra. 
 –¿Y usted Atencio, qué hizo ayer a las seis de la tarde? –Preguntó Eusebio al bodeguero que destapaba la cerveza.
–Como todos los días, atendiendo el negocio. – respondió el bodeguero.
 Eusebio volvió a preguntarle recalcándole la hora específica, pero Luis del Carmen Atencio estaba ocupado sirviendo y sólo dijo que no se acordaba.
Arrebatado por una repentina intuición, Eusebio preguntó con voz que retumbó en todo el ambiente: 
–¿Quién vio ayer el atardecer?
Luis del Carmen Atencio, que no solía involucrarse en conversaciones de mostrador, fue el único en responder.
 –Yo me acuerdo del pito de la Lancha Petrolera cuando llegó al muelle a las cinco de la tarde. Recuerdo que espantó unos pelícanos que se asoleaban en el frente, pero estoy tratando de hacer memoria y no me recuerdo de haber escuchado las campanadas de la iglesia, ni  haber visto el atardecer, y eso que en esta época el sol se mete hasta acá adentro. Después de la lancha de las cinco, sólo recuerdo la noche.
El ambiente se intrigó, los presentes intentaron hacer memoria pero la mayoría dudaba de haber escuchado el ángelus de ayer... »

EXORCISMOS
(La magia profana)

«El Padre Santa María llegó a San Mateo de Agua para quedarse. Con su designación como cura del pueblo, el Episcopado Nacional daba por reparado el descuido sufrido por los cristianos de la costa del lago desde su evangelización en tiempos de Américo Vespucio.
El sacerdote llegó a San Mateo de Agua como Jesucristo: a lomo de burro. Llegó acompañado por un baquiano y otro animal cargado de maletas de cartón. En un santiamén el pueblo se enteró que al fin tenían cura. Era viernes de San Valentín por la tarde y no fue difícil arreglar una parranda en honor al recién llegado. Improvisaron una tarima en el muelle y aparecieron los tambores de San Benito. La gente respondió de inmediato al llamado de los chimbángueles, de cada palafito salían personas entusiasmadas con botellas de ron y bailando al  toque de los tambores. Y así, en una lánguida tarde de San Valentín de un pueblo con apenas media docena de compromisos y muchos amores contrariados, se armó la fiesta.»
«Cuando le fueron a avisar que la viuda de Peralta estaba poseída por el demonio, el Padre estaba descompuesto con las tripas revueltas. La comida caribeña sería lo único a lo que jamás se acostumbraría. Otra crisis histérica –pensó–, porque estaba convencido de que esos desmadres de personalidad no podían ser obra del demonio. Son tan frecuentes –reflexionaba– que no le dejarían tiempo a Satanás para dedicarse a todas las desgracias que ocurren en el mundo. No tiene sentido que el maligno, pudiendo divertirse matando de hambre a la gente en India, jugando a la guerra en África o quebrando la Bolsa de valores de Nueva York, tenga interés por el alma de una viuda analfabeta, o una adolescente embarazada en este pueblo de mierda.»

TATUAJE
(La magia de la tentación)

«Unos pocos maderos y algunas tablas obstinadas y blanqueadas por la roña de aves zancudas, son el desarticulado esqueleto de lo que fue Crucifixión de Agua, un pueblo que murió por la insidiosa peste del deseo. Algunas tablas sostenidas sobre estantillos de mapora petrificados por el escaramujo, aún se asoman lastimeramente entre los juncos y eneas, bajo el acecho del mangle ansioso por recuperar sus dominios sobre la ribera lacustre. 
Al desplomarse los últimos huesos, sólo quedará la leyenda.
Allá quien la quiera creer y aprender de ella. 
Cumplo con contar la historia, para librarme del remordimiento del que no avisa un peligro, de la complicidad del que calla un crimen.
Impredecibles son las formas bajo las que se presenta el Demonio e infinitas y fascinantes sus tretas para engañar a los cristianos, víctimas predilectas de su perfidia, ser cristiano prácticamente significa: cuerpo tentado por el maligno. Nunca será suficiente la precaución que se tenga, un descuido lo tiene cualquiera...»

LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO
(La magia de las palabras)

«A Emeterio se le desmoronó el entusiasmo por enésima vez. Los planes, igual que los pétalos a las flores, se le caían a los pocos días. Nomás se ilusionaba en una nueva empresa y alguien se le adelantaba y le volaba el negocio. 
Como cuando ideó un artilugio para remolcar las redes de pesca con su bote. A la semana decomisaron dos lanchas a pescadores de Palmarejo por andar pescando de arrastre. La Petrolera había presionado para que se prohibiera ese tipo de pesca por poner en peligro sus instalaciones lacustres. 
Ahora le volvía a pasar lo mismo con su idea de llevar hielo a los obreros de las instalaciones petroleras en el lago. Una contratista de transporte marino, logró un contrato de exclusividad para abastecer de hielo y agua potable a todos los pozos y gabarras petroleras de aquella parte del  lago. 
Otro negocio que se le caía. Y pensar en lo contento y entusiasmado que había estado celebrando anticipadamente con el compadre Ezequiel.  Debiera haberlo sospechado, como siempre, nomás contaba las cosas y se le venían patrás...»


ZAPATERO
(La magia ingenua)

«–¿Y es verdad que mataron a Benigno?
–Así parece comadre. Lo encontraron desangrado.
–¡Dios lo tenga en su Gloria! La pobre Fátima no tendrá consuelo.
–Por ahí dicen que fue él mismo.
–No haga caso a camelotadas compadre. Él era un santo y usted sabe que eso es pecado. Lo que pasa es que este pueblo tiene más lengua que cuerpo. 
–Eso si es verdad.
Benigno era el remendón de San Mateo de Aguas. En sus manos el cuero más escacharrado se convertía en piel de becerro. Orgulloso de su oficio, siguió siendo zapatero aún después de que, por casualidad, se volviera curandero. 
La cosa empezó por un acto de cariño. Su esposa Fátima sufría de fuertes dolores menstruales y Benigno, mortificado, había buscado todo tipo de medicina, remedio casero o paliativo solidario sin lograr alivio alguno. Un día acostado a su lado en el catre, le frotaba el vientre como muchas veces había hecho tratándola de consolar: tranquila, trata de pensar en otra cosa, todos los meses piensas que te mueres y al final pasa, ahora mismo te estás sanando con el calorcito de mi mano, relájate y verás. Con súbita decisión le prometió que él la curaría y cerrando los ojos rezó un padrenuestro en silencio mientras le frotaba el vientre. De pronto se imaginó que la dolencia era absorbida por la palma de su mano, cerró el puño para atraparla y luego la tiró contra el suelo.
 –¿Ya? –Preguntó Benigno con verdadera expectativa.
Fátima se movió lentamente como desperezando el cuerpo, se tocó el vientre buscando algo con miedo de encontrarlo, y… 
–No, no puede ser ¡Se fue! ¡Ya no me duele mi amor! 
Se le echó encima abrazándolo. Y así, lo que no habían podido aliviar la moderna aspirina del doctor del dispensario, el elixir de mandrágora china comprado a los marineros asiáticos en el puerto, las infusiones de valeriana, el amargo sulfuroso del Doctor Vargas, las fomenteras con mentol chino, y los diez mil pomos, emulsiones, cataplasmas y los más impensables remedios de buen samaritano preparados por las vecinas, lo aliviaron las manos y el amor de su marido.
El zapatero volvió a sus zapatos sin prestarle atención a lo sucedido hasta que...»

Contraportada de el caribe según San Mateo. Crónicas del Caribe 2. Mario Fattorello
Contraportada
EL CARIBE SEGÚN SAN MATEO
Crónicas del Caribe 2
Primera edición Caracas, diciembre de 2008
© Mario C. Fattorello B. 2008
Depósito legal lf74520088004320
ISBN: 978-980-390-214-8

RELATOS A LA SOMBRA DE SAN MATEO

CRÓNICAS DEL CARIBE I

Portada de relatos a la sombra de San Mateo. Mario Fattorello
Portada

EL AMOR CARIBE EN OCHO CUENTOS

QUEDADA
(El amor sensual)

«Valentina tenía la belleza que sólo tienen las mujeres que no se saben bellas... Valentina era muda de nacimiento por razones que el médico nunca logró aclarar. No se trataba, según él, de un percance de la naturaleza, ni de un capricho divino; y sostuvo, hasta la muerte, que la niña era tan sana como hermosa, que como podían ver no era sorda y que, en cualquier momento, cuando le diera la gana, se desbocaría hablando. Pero la lengua de Valentina nunca soltó prenda…»

JUAN Y SU TÍA
(El amor eterno)

«Juan tenía ciento treinta y dos años. Treinta y dos años de vida y como cien de muerto. Predestinado al descuido, por ciertas máculas asiáticas en su semblante, sus padres se desentendieron de él desde el mismo momento en que la comadrona se los mostró, convencidos de que esos ojos accionados y esa sonrisa eterna no los tenía nadie en sus familias. Con esa firme renuncia lo olvidaron, con alivio, al cuidado de su tía María en el pueblo palafitico de San Mateo de Agua. La tía María se encargó de remendar cualquier descosido de orfandad y por puro deseo de ser madre, su pecho empezó a lechar. Lo llamo Juan, a secas: "serás tan puro que no necesitarás apellido"...»

LA NIÑA
(El amor poético)

«—¿Y cómo se descubre el amor Jovita?
—Con los sentidos, mija. Primero que todo, el amor se escucha. El amor endulza las palabras. El que ama se asombra de lo que dice. No ha existido hombre ni mujer que se hayan enamorado de verdad y no se hayan conmovido como los poetas. Antes que todo él aparece en palabras. Lo dice la Biblia: Dios hizo primero el verbo.
—¿El verbo?
—¡Sí, mija! ¡Que no te escuche el padre Santa María, ni la maestra Cecilia! El verbo es una palabra. Dios hizo primero las palabras porque él es puro amor. Los enamorados escuchan cosas que jamás habían escuchado: músicas secretas, los cantares de todos los amores del universo que son uno solo porque vienen de Dios; los amadores se reconocen porque escuchan lo mismo. Luego, el amor entra por los ojos…»

CONSUELO
(El amor propio)

«De pronto, una carcajada visceral lo interrumpió.
—¿Qué te pasa mujer?— Preguntó Horacio Chirinos.
—Tengo cosquillas— respondió consuelo entre risas.
Desde esa noche no hubo manera de que volvieran a retozar juntos. Apenas su marido se insinuaba, a consuelo se le ponía la piel de gallina tratando de contener la risa, y si la tocaba, reventaba en una carcajada…»

LA GUERRA DE LOS SANTOS
(El amor sagrado)

«San Mateo de Agua estaba sentenciado por la santidad de su nombre. Cuando los colonizadores españoles llegaron a las costas del lago de Maracaibo, supusieron que a Dios se le había traspapelado esa parte de la creación, y en un intento de restituir el dominio divino sobre cada cosa de la Tierra, asignaron nombres cristianos a cada alteración geográfica o poblado de indígenas. Entonces, San Mateo de Agua era un pueblo de pescadores, y lo seguía siendo cuando fue estremecido por el antojo divino…»

MAPANARE
(El amor secreto)

«Cuando la desesperación se une a la impotencia aparece el fantasma de la locura, un frío que sube por la nuca y amenaza con congelar el cerebro. Imposible pensar. Sólo se tienen ganas de correr. Evangelina salió de su casa. Anduvo un rato sin rumbo y luego recordó a Jóvita, la Niña de San Mateo de Agua...»

ÁNGELUS 
(El amor profano)

«El botiquín parecía una embarcación de otros tiempos, encallada en la costa. En sus inicios, había sido un palafito como cualquier otro de San Mateo de Agua. Mireya lo había inaugurado con cuatro mesas, una rocola y un mostrador donde ella misma servía los tragos. A fuerza de continuas ampliaciones, fue creciendo hacia la playa, hasta transformarse en un caserón anfibio, en parte levantado sobre el agua y en parte asentado en tierra. Tenía un patio interno con varias mesas y la rocola, rodeado de cuartos en alquiler, porque la intimidad es indispensable hasta en el amor más urgente. En el centro se levantaba un cocotero, como el mástil apático de un barco fondeado para siempre…»

VIRUELA
(El amor estético)

«El sol entraba por la ventana desperezándose el amanecer de encima. Sara se peinaba, sentada en su taburete de cuero con patas de madera torneada. «Torneada como ella, como su ondulada cabellera», pensaba Julio Nazareno desde la cama, mientras observaba el ritual nigromántico de sincronizadas poses y ademanes de prestidigitador con los que su mujer se maquillaba frente al espejo de la peinadora, metamorfoseando a Sara en Sarita.
—¡Ay Sara, Sarita, Julieta de mi vida! Pareciera que toda la luz fuera tuya, la que se refleja en el espejo, el resplandor mismo del sol al que das vida cada mañana ¡si te mueres me mato!...»
Contraportada de relatos a la sombra de San Mateo Mario Fattorello
Contraportada

RELATOS A LA SOMBRA DE SAN MATEO
CRÓNICAS DEL CARIBE I
© Mario Fattorello, 2008
ISBN 978 -980 -390 -215 -5
www.fattorello.com

SOFÁ & COMPANY II y III

Portada Sofá&Company 2 y 3 Mario Fattorello y Aldo Hoffinger
Edición doble: "LA CRISIS" y "LSD"
SOFÁ & COMPANY La Crisis Mario Fattorello Aldo Hoffinger

La clínica  «Sofá & Company» hace crisis. El sistema eléctrico convulciona, la plomería se vuelve hidrofóbica, las paredes se desmoronan melancólicamente, los tornillos se aflojan. Todas las estructuras rechinan como cucaracha de cocina a media noche víctima de las pantuflas del dueño de casa. A manera de mecanismos de defensa aparecen los laboriosos y no menos desmañados hermanos Katastrosff al rescate y entonces..., comienzan a suceder extraños acontecimientos que son investigados por el detective Sam. Pero en un mundo repartido entre psicoanalistas y pacientes ¿Alguien se atreve a precisar quienes son los unos y los otros?


FIN DEL ABREBOCA de "La crisis".................


En «Lucy in the Sky with Diamonds» (LSD) nuestros héroes enfrentan una aventura psico-mística. La historia empieza cuando un terapeuta le recomienda a Dios tomar vacaciones en Jamaica para aliviarse del estrés. Con la ausencia divina las cosas en el Paraíso se ponen patas arriba.
Mientras, en el mundo de los vivos, los psicoanalistas de Sofá & Company están de vacaciones. Fraudy, que está buscando oro en el Yukón, recibe la visita de Miguel Ángel, su ángel guardián de la infancia, que le pide ayuda para curar una pandemia de histeria que ha invadido al Paraíso, a cambio le ofrece la salvación de su alma usurera. Fraudy reúne a sus colegas con el ángel y todos son trasladados al Paraíso mediante el ingenioso Desmigajador Dimensiónico Temporal (DDT).
El Paraíso aparece como un gueto en miseria, desolado y degenerado. Miguel Ángel lleva a los psicoanalistas a un anfiteatro preparado para realizar un masivo psicoanálisis celestial, con miras a descubrir el origen de la pandemia neurótica que está diezmando la beatitud paradisíaca. Entre los pacientes hay almas con semblantes reconocibles (Jacques Lacan, Groucho Marx, Jack Palance, Stanley Kubrick, Frankenstein, Napoleón, entre otros). De los análisis comienzan a surgir pistas...
SOFA & COMPANY 2 y 3 Mario Fattorello y Aldo Hoffinger
Contraportada Sofá & Company II y III
SOFÁ & COMPANY (dos nuevas aventuras)
Primera Edición, Caracas 2008
ISBN 978-980-390-219-3
© Mario Fattorello y Aldo Hoffinger 2008-2014

SOFÁ & COMPANY I

Portada Sofá & Company 1 Mario Fattorello Aldo Hoffinger
Sofá & Company es un centro  de investigación y tratamiento mental, el lugar de trabajo cotidiano de cinco abnegados estudiosos de la naturaleza psíquica.
Dr. Hersnt
Es el director de la institución. Raro espécimen de psicoanalista en vía de extinción. El único “felizmente” casado. Un cocktail de Hemingway, moralismo y ortodoxia con unas gotas de ironía.
Dr Fraudy
Calculador, crematístico, vendería a su madre si ya no la hubiese hipotecado. Su lema preferido es: Dime cuánto tienes y te diré cuán enfermo estás.
Dr. Abraham
Cándido judío conservador, practicante de una terapia neofreudiana - kosher con tocineta. Un psicoanalista bonachón.
Dr. Moriarty
Un terapeuta barroco: dislocado, supersticioso, fóbico y acorralado por quimeras surrealistas.
Dr. Sigfred
De ser un terapeuta antediluviano, rígido e inocente como un diván Luis XV, una descarga eléctrica lo transformó en el “Haz Luminoso”, un superhéroe de manicomio.

Contraportada Sofá & Company 1 Mario Fattorello y Aldo Hoffinger
SOFÁ &COMPANY
ISBN 980-296-350-X
Todos lod derechos reservado©
©Mario Fattorello, Aldo Hoffinger, 1994

AQUÍ HACE FALTA UN CÓMIC
De cómo nació Sofá & Company
(Confesión a 20 años de su publicación) 
por M. Fattorello
Las reuniones en casa de Aldo eran antecedidas por el cansancio. Cuando buscamos alivio no se puede asegurar si el descanso es quien nos atrae o si es el cansancio quien nos empuja. Para no entrar en diatribas digamos que ambas fuerzas participan del deseo del dolce far niente, y es que Aldo y yo nos reuníamos a intentar deshacer la rutina cotidiana hablando de poesía, chismes de literatura, o simplemente de la nueva aventura no-amorosa que cada quien tramaba, y hago bien al adjetivarla de “no-amorosa” (y para nada platónica) porque en aquel tiempo ambos estábamos hastiados de los romances (estábamos melancólicos pues).
Pero, volviendo al cansancio, yo salía de mi rutina del consultorio y debo remarcar que el día en cuestión era viernes y, aunque no pueda recordar con precisión los avatares de ese viernes específico, de si tuve o no emergencias que atender en la clínica (la estadística determina que, más que posible, era muy probable que hubiese visto alguna emergencia porque los suicidas suelen intentar su gracia en jueves o viernes, la víspera del fin de semana es el día predilecto para el suicidio, un beneficio agregado a la venganza del suicida: arruinarle el fin de semana a sus deudos. La mayor cantidad de suicidios se cometen durante las horas de ocio, casi no hay registros de suicidio en horas laborables, lo que pareciera indicar que los suicidas son, en gran parte, sujetos aburridos). Pero, por otro lado los viernes sólo trabajaba medio día, pero eso no evitaba que estuviera cansado, lo que pudiera cambiar es la razón, no estaba cansado por lo del día sino por efecto acumulativo de la rutina semanal o tal vez de la vida misma.
Y Aldo, mi amigo pintor, a su vez estaba cansado de tener que trabajar de día en la petrolera para poder subsistir y tener que pintar de noche para vivir (destino éste de todo artista novel).
Es sabido por cualquiera que, el cansancio no es modelo de admiración ni razón para agruparse e hinchar por él, ya ustedes deben intuir que había algo más que determinara nuestro ritual, y tienen razón, porque los dos estábamos melancólicos, y en este caso por despecho. Aldo por amor burlado y yo por desamor enseriado, que al final genera la misma melancolía. Ya saben lo lerda, pesada, incómoda, y maloliente que puede ser la melancolía, así que pueden imaginarse el ritmo y la melodía que acompañaba el encuentro: un poco más allegro del réquiem de Chopin y bastante más depresivo de la patética de Beethoven, en fin, el ánimo que teníamos era el mismo de quien supone que al hablar de Beethoven debe aclarar que no se refiere al perro de la película sino a un músico que además de ser sordo era genio (ya me imagino que aparecerá el sordomudo que levanta el puño contra el oprobio y objeta que «la inteligencia no tiene nada que ver con la sordera, porque yo soy sordomudo y pertenezco a la sociedad de defensores de los derechos de quienes no escuchan ni oyen bien y tampoco son genios y que… para ser feliz no hay que ser genio y que… el mundo es de todos con o sin oído y que… maldita sea la segregación intelectual y sensorial ―y continúan las amenazas ad infinitum― …te mando mi abogado de Human Rights o de la ONU, o de Greenpeace porque… el que se mete con los perros se está metiendo con las ballenas, porque… las ballenas hablan y ustedes se hacen los sordos y no tienen idea de cuantas cosas dicen...»)
Y, como si no fuera suficiente, sumado al cansancio y la melancolía patética, los dos andábamos con crisis existenciales, yo con dudas de seguir formando parte del psicoanálisis ortodoxo, poniendo en tela de juicio lo estudiado y lo firmado y jurado por Freud y Lacan (deben entender que para un terapeuta psicoanalítico dudar de sus maestros espirituales es comparable a una crisis de fe en un cura). Y, por su parte, Aldo con su alergia al trabajo petrolero, que pagaba bien pero a costa de dilapidar, además de sus energías, su inspiración, o eso que necesitan los artistas para decidir alterar la normalidad y volverla más bizarra, ese extraño deseo de competir con el creador.
Era otra época en Ciudad Ojeda (la ciudad petrolera venezolana donde se sucedían estos acontecimientos), una época de bienestar petrolero, había dinero y ganas de gastarlo, lo que es suficiente para que en una ciudad minera como ésta se decida no trabajar los viernes por la tarde, así que toda la gente apuraba sus oficios para terminar a eso de las dos de la tarde, y de allí a almorzar y drinkear temprano, y cuando me refiero a «toda la gente» me refiero a «TODA» de verdad. En la clínica, mis amigos médicos apuraban la consulta para estar libres a más tardar a las tres, los empresarios hacían correr a sus secretarias para que a primera tarde pudieran exclamar «Ya los negocios que podían hacerse se hicieron, vamos al bar». Yo pasaba consulta hasta mediodía, y luego….pues lo que saliera, ese viernes fue pacífico, me tomé el tiempo necesario para darme una ducha y merendar algo, y a las seis fui a casa de Aldo, donde Tanqueray con agua quina en mano, empezamos la diatriba de «yo estoy más jodido que tú». Díganme una cosa, ¿Quién no ha disfrutado de competir con un amigo en el juego de «yo estoy más jodido que tú»?
Y fue para el tercer gin tonic cuando hicimos silencio. Tal vez para darnos cuenta que al estar jodidos no importa quien lo esté más, y fue allí que nos percatamos de la canción que sonaba al fondo (había una radio encendida (yo detesto la radio, sus cambios de un ritmo a otro se me antojan epilépticos, además de ser autócrata, pues el locutor es una especie de dictador que decide lo que tenemos que escuchar), pero lo que importa a este relato es que en la radio sonaba un tango:
«¡Aquí hace falta un tango!
Un tango de los nuestros.
Un tango bien canyengue,
de esos que vos sabés...
Un tango bien compadre,
de corte milonguero,
un tango de esos bravos,
vos ya me comprendés...
Aquí hace falta, hermano,
algo de Buenos Aires.
¡Aquí hace falta un tango,
un tango, me entendés!»
Y yo dije:
―Sí, aquí hace falta algo.
Y Aldo, pensativo, regresando de su ensimismamiento melancólico, indicó:
―Aquí hace falta un cómic.
Así nació Sofá & Company.