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lunes, 17 de noviembre de 2014

SOFÁ & COMPANY II y III

CÓMPRALO POR MERCADO LIBRE AQUÍ


Portada Sofá&Company 2 y 3 Mario Fattorello y Aldo Hoffinger
Edición doble: "LA CRISIS" y "LSD"
SOFÁ & COMPANY La Crisis Mario Fattorello Aldo Hoffinger

La clínica  «Sofá & Company» hace crisis. El sistema eléctrico convulciona, la plomería se vuelve hidrofóbica, las paredes se desmoronan melancólicamente, los tornillos se aflojan. Todas las estructuras rechinan como cucaracha de cocina a media noche víctima de las pantuflas del dueño de casa. A manera de mecanismos de defensa aparecen los laboriosos y no menos desmañados hermanos Katastrosff al rescate y entonces..., comienzan a suceder extraños acontecimientos que son investigados por el detective Sam. Pero en un mundo repartido entre psicoanalistas y pacientes ¿Alguien se atreve a precisar quienes son los unos y los otros?


FIN DEL ABREBOCA de "La crisis".................


En «Lucy in the Sky with Diamonds» (LSD) nuestros héroes enfrentan una aventura psico-mística. La historia empieza cuando un terapeuta le recomienda a Dios tomar vacaciones en Jamaica para aliviarse del estrés. Con la ausencia divina las cosas en el Paraíso se ponen patas arriba.
Mientras, en el mundo de los vivos, los psicoanalistas de Sofá & Company están de vacaciones. Fraudy, que está buscando oro en el Yukón, recibe la visita de Miguel Ángel, su ángel guardián de la infancia, que le pide ayuda para curar una pandemia de histeria que ha invadido al Paraíso, a cambio le ofrece la salvación de su alma usurera. Fraudy reúne a sus colegas con el ángel y todos son trasladados al Paraíso mediante el ingenioso Desmigajador Dimensiónico Temporal (DDT).
El Paraíso aparece como un gueto en miseria, desolado y degenerado. Miguel Ángel lleva a los psicoanalistas a un anfiteatro preparado para realizar un masivo psicoanálisis celestial, con miras a descubrir el origen de la pandemia neurótica que está diezmando la beatitud paradisíaca. Entre los pacientes hay almas con semblantes reconocibles (Jacques Lacan, Groucho Marx, Jack Palance, Stanley Kubrick, Frankenstein, Napoleón, entre otros). De los análisis comienzan a surgir pistas...
SOFA & COMPANY 2 y 3 Mario Fattorello y Aldo Hoffinger
Contraportada Sofá & Company II y III
SOFÁ & COMPANY (dos nuevas aventuras)
Primera Edición, Caracas 2008
ISBN 978-980-390-219-3
© Mario Fattorello y Aldo Hoffinger 2008-2014

SOFÁ & COMPANY I

Portada Sofá & Company 1 Mario Fattorello Aldo Hoffinger
Sofá & Company es un centro  de investigación y tratamiento mental, el lugar de trabajo cotidiano de cinco abnegados estudiosos de la naturaleza psíquica.
Dr. Hersnt
Es el director de la institución. Raro espécimen de psicoanalista en vía de extinción. El único “felizmente” casado. Un cocktail de Hemingway, moralismo y ortodoxia con unas gotas de ironía.
Dr Fraudy
Calculador, crematístico, vendería a su madre si ya no la hubiese hipotecado. Su lema preferido es: Dime cuánto tienes y te diré cuán enfermo estás.
Dr. Abraham
Cándido judío conservador, practicante de una terapia neofreudiana - kosher con tocineta. Un psicoanalista bonachón.
Dr. Moriarty
Un terapeuta barroco: dislocado, supersticioso, fóbico y acorralado por quimeras surrealistas.
Dr. Sigfred
De ser un terapeuta antediluviano, rígido e inocente como un diván Luis XV, una descarga eléctrica lo transformó en el “Haz Luminoso”, un superhéroe de manicomio.

Contraportada Sofá & Company 1 Mario Fattorello y Aldo Hoffinger
SOFÁ &COMPANY
ISBN 980-296-350-X
Todos lod derechos reservado©
©Mario Fattorello, Aldo Hoffinger, 1994

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AQUÍ HACE FALTA UN CÓMIC
De cómo nació Sofá & Company
(Confesión a 20 años de su publicación) 
por M. Fattorello
Las reuniones en casa de Aldo eran antecedidas por el cansancio. Cuando buscamos alivio no se puede asegurar si el descanso es quien nos atrae o si es el cansancio quien nos empuja. Para no entrar en diatribas digamos que ambas fuerzas participan del deseo del dolce far niente, y es que Aldo y yo nos reuníamos a intentar deshacer la rutina cotidiana hablando de poesía, chismes de literatura, o simplemente de la nueva aventura no-amorosa que cada quien tramaba, y hago bien al adjetivarla de “no-amorosa” (y para nada platónica) porque en aquel tiempo ambos estábamos hastiados de los romances (estábamos melancólicos pues).
Pero, volviendo al cansancio, yo salía de mi rutina del consultorio y debo remarcar que el día en cuestión era viernes y, aunque no pueda recordar con precisión los avatares de ese viernes específico, de si tuve o no emergencias que atender en la clínica (la estadística determina que, más que posible, era muy probable que hubiese visto alguna emergencia porque los suicidas suelen intentar su gracia en jueves o viernes, la víspera del fin de semana es el día predilecto para el suicidio, un beneficio agregado a la venganza del suicida: arruinarle el fin de semana a sus deudos. La mayor cantidad de suicidios se cometen durante las horas de ocio, casi no hay registros de suicidio en horas laborables, lo que pareciera indicar que los suicidas son, en gran parte, sujetos aburridos). Pero, por otro lado los viernes sólo trabajaba medio día, pero eso no evitaba que estuviera cansado, lo que pudiera cambiar es la razón, no estaba cansado por lo del día sino por efecto acumulativo de la rutina semanal o tal vez de la vida misma.
Y Aldo, mi amigo pintor, a su vez estaba cansado de tener que trabajar de día en la petrolera para poder subsistir y tener que pintar de noche para vivir (destino éste de todo artista novel).
Es sabido por cualquiera que, el cansancio no es modelo de admiración ni razón para agruparse e hinchar por él, ya ustedes deben intuir que había algo más que determinara nuestro ritual, y tienen razón, porque los dos estábamos melancólicos, y en este caso por despecho. Aldo por amor burlado y yo por desamor enseriado, que al final genera la misma melancolía. Ya saben lo lerda, pesada, incómoda, y maloliente que puede ser la melancolía, así que pueden imaginarse el ritmo y la melodía que acompañaba el encuentro: un poco más allegro del réquiem de Chopin y bastante más depresivo de la patética de Beethoven, en fin, el ánimo que teníamos era el mismo de quien supone que al hablar de Beethoven debe aclarar que no se refiere al perro de la película sino a un músico que además de ser sordo era genio (ya me imagino que aparecerá el sordomudo que levanta el puño contra el oprobio y objeta que «la inteligencia no tiene nada que ver con la sordera, porque yo soy sordomudo y pertenezco a la sociedad de defensores de los derechos de quienes no escuchan ni oyen bien y tampoco son genios y que… para ser feliz no hay que ser genio y que… el mundo es de todos con o sin oído y que… maldita sea la segregación intelectual y sensorial ―y continúan las amenazas ad infinitum― …te mando mi abogado de Human Rights o de la ONU, o de Greenpeace porque… el que se mete con los perros se está metiendo con las ballenas, porque… las ballenas hablan y ustedes se hacen los sordos y no tienen idea de cuantas cosas dicen...»)
Y, como si no fuera suficiente, sumado al cansancio y la melancolía patética, los dos andábamos con crisis existenciales, yo con dudas de seguir formando parte del psicoanálisis ortodoxo, poniendo en tela de juicio lo estudiado y lo firmado y jurado por Freud y Lacan (deben entender que para un terapeuta psicoanalítico dudar de sus maestros espirituales es comparable a una crisis de fe en un cura). Y, por su parte, Aldo con su alergia al trabajo petrolero, que pagaba bien pero a costa de dilapidar, además de sus energías, su inspiración, o eso que necesitan los artistas para decidir alterar la normalidad y volverla más bizarra, ese extraño deseo de competir con el creador.
Era otra época en Ciudad Ojeda (la ciudad petrolera venezolana donde se sucedían estos acontecimientos), una época de bienestar petrolero, había dinero y ganas de gastarlo, lo que es suficiente para que en una ciudad minera como ésta se decida no trabajar los viernes por la tarde, así que toda la gente apuraba sus oficios para terminar a eso de las dos de la tarde, y de allí a almorzar y drinkear temprano, y cuando me refiero a «toda la gente» me refiero a «TODA» de verdad. En la clínica, mis amigos médicos apuraban la consulta para estar libres a más tardar a las tres, los empresarios hacían correr a sus secretarias para que a primera tarde pudieran exclamar «Ya los negocios que podían hacerse se hicieron, vamos al bar». Yo pasaba consulta hasta mediodía, y luego….pues lo que saliera, ese viernes fue pacífico, me tomé el tiempo necesario para darme una ducha y merendar algo, y a las seis fui a casa de Aldo, donde Tanqueray con agua quina en mano, empezamos la diatriba de «yo estoy más jodido que tú». Díganme una cosa, ¿Quién no ha disfrutado de competir con un amigo en el juego de «yo estoy más jodido que tú»?
Y fue para el tercer gin tonic cuando hicimos silencio. Tal vez para darnos cuenta que al estar jodidos no importa quien lo esté más, y fue allí que nos percatamos de la canción que sonaba al fondo (había una radio encendida (yo detesto la radio, sus cambios de un ritmo a otro se me antojan epilépticos, además de ser autócrata, pues el locutor es una especie de dictador que decide lo que tenemos que escuchar), pero lo que importa a este relato es que en la radio sonaba un tango:
«¡Aquí hace falta un tango!
Un tango de los nuestros.
Un tango bien canyengue,
de esos que vos sabés...
Un tango bien compadre,
de corte milonguero,
un tango de esos bravos,
vos ya me comprendés...
Aquí hace falta, hermano,
algo de Buenos Aires.
¡Aquí hace falta un tango,
un tango, me entendés!»
Y yo dije:
―Sí, aquí hace falta algo.
Y Aldo, pensativo, regresando de su ensimismamiento melancólico, indicó:
―Aquí hace falta un cómic.
Así nació Sofá & Company.